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La Coctelera

Categoría: TEXTOS

19 Octubre 2009

QUIERO QUERER

19 oct 09 En: TEXTOS

 

- Dime, qué quieres, ¡algo querrás!

- Nada. Y tú...¿qué quieres?

- Quiero que quieras algo.

15 Julio 2009

Te echo de menos

15 jul 09 En: TEXTOS

 

Te echo de menos

Los miedos me acechan como pájaros, crueles y asquerosos. Negros cuervos amenazantes. Me persiguen, me acosan, se acercan lentamente hacía mí para picotearme en lo que queda en esas ocasiones, en la esperanza. Me tienen acorralada.
Por eso, los odio; son buitres carroñeros, esperando verme caer. Pero se van a quedar con hambre, porque puedo con ellos. Me encierro en lo más íntimo de mi ser, ahí donde nadie, ni siquiera ellos, pueden hacerme daño, ahí donde ninguna persona es invitada, ni recibida; es un sitio mío y sólo mío. La vergüenza. Es algo bien seguro, porque no me puede ser arrebatada.
Camino lentamente por el bosque, segura de mí misma. Los sueños se me pegan en los labios, igual que el dulce caramelo; todo el día con su sabor en la punta de la lengua, enredado en los dientes que se entrechocan, no permitiendo que pida lo que quiero. Tiritando sin frío, abrazándome a cualquiera que pueda darme calor.

RAM

15 Julio 2009

CORAZÓN MORDIDO

15 jul 09 En: TEXTOS

 

¿Alguna vez te han arrancado el corazón a mordiscos?

Yo sí, en cada pedazo se llevan un trozo de ti, te desgarran lentamente con cada palabra y te quedas vacía, reclamando un beso para poder quererte una vez más.
Adiós, la palabra que más cuesta decir, junto con el prohibido "Te quiero", mordido entre mis labios, lo único que te queda por arrancar.

RAM

25 Mayo 2009

SABORES

25 may 09 En: TEXTOS

 

 

- Pese a  lo "soso" que eres, sabes salado. Como el mar que añora tu cuerpo y que ahora llora en los cristales de las ventanas de mis ojos.

- ¿Desde cuándo dices tú, "soso"?

- Desde que te probé.

5 Mayo 2009

ONDINA

5 may 09 En: TEXTOS

"Mi soledad empieza  a dos pasos de ti".

7 Marzo 2009

ROJO

7 mar 09 En: TEXTOS

Diez de la noche. Tiene miedo, y ya se ha comido todas las miguitas de pan que su amigo ha dejado en el suelo como rastro para regresar. El bosque es demasiado grande para su tamaño. Tan sólo es una niña de diez años. Grita. Un sonido tan ensordecedor que le hace tiritar. A su llamada ha acudido un animal de pelaje negro y ojos dorados que le mira dulcemente, casi parece humano. La niña se mira y descubre que no lleva ninguna capa y que lo único rojo que tiene son sus dulces labios, además no tiene ninguna cestita para la abuelita. Así que se acerca inocentemente al animal, le acaricia la cabeza y el animal se deja confiado. Mientras él agita la cola, feliz, ella va acercando sus afilados dientes de leche hacia su cuello.

Reitx. (RAM)

16 Enero 2009

EL JUEGO DEL 14 DE FEBRERO

16 ene 09 En: TEXTOS

Bajé las escaleras quitándome la corbata, corriendo con un maletín por el que se escapaban los papeles; huyendo de una habitación llena de flores y bombones de agradecimiento. Todas las jornadas eran iguales, el prefacio al infierno, la sala del dolor, de la consolación. De la nada. Soy un rostro con orejas y palabras amables, soy sólo eso. No preguntéis mi nombre, pues no os serviría de nada. Tan sólo aparece en la guía de teléfonos, como: Psicólogo, experto en relaciones amorosas. Eso es lo que soy, una vana ilusión con la que todos cuentan para poder consolarse; alguien que sabe tanto de la vida de los demás que ha olvidado la suya. Pero sabía perfectamente desde que vine a vivir aquí, cuál era mi misión; bien me la había explicado mi madre.

Lo que necesitaba en esos momentos para levantarme el ánimo era tomarme una ración de mi psicólogo preferido…un buen copazo. En el bar de debajo de la consulta, había cuadros de mitología en la pared y cientos de rostros vagabundeando; pero éstos no estaban mudos, sino que yo podía leer en ellos como los ciegos lo hacen en esos puntos que a la mayoría no le dicen nada. Ahí estaban, uno detrás de otro, como si tuvieran en la mano su correspondiente ticket de la carnicería. La carnicería de los sentimientos. Todo ellos eran carne de cañón de ser clientes míos. Todos cortados por el mismo patrón. Ahí estaba el que se creía un eterno galán de esos que el viento se llevó; a su lado, el tipo duro al que sólo le habían roto una cosa en su vida; después el barriga cervecera que media hora más tarde volvería a su casa con su adorada Mari; la solterona recién salida de la peluquería que miraba a todos con descaro y poca suerte; la jovenzuela picantona que revolvía su refresco con el labio mordido; el estudiante perdido entre libros de autoayuda. Uno detrás de otro. Ya no me impresionaban, eran como las películas que ponen todas las navidades, al final, te acostumbras.

Lo único que aún hoy en día me sigue entristeciendo son aquellas personas que comen solas, no sé, pienso que también están solas en la vida. Y por eso me entristecí al verla. Estaba en la mesa más apartada del local, debajo del Nacimiento de Venus, comiendo el más sencillo plato combinado que tenían; bueno, más que comer, diseccionaba los trocitos, los miraba y analizaba, mientras se reía; parecía un niño jugando con la arena. Por eso, me di cuenta de que no estaba sola, sino que estaba disfrutando de esos pequeños momentos de soledad al día. Por eso y porque llevaba un bolso modelo Mary Poppins lleno de libros y apuntes que revolvía cada cinco minutos aproximadamente para sacar el móvil. También me fijé que no debía de tener novio, ya que no tenía esa estúpida cara de gilipollas que se les pone a todas, aunque sí que se notaba que estaba bastante en las nubes porque la mesa acabó como un cuadro abstracto, lleno de manchas; una de ellas en su camiseta roja que destacaba sobre su piel pálida y aunque en esos momentos iba vestida deportivamente, supe inmediatamente que era de esas chicas que tienen algo.

Aunque no sabía muy bien qué era exactamente. Tan sólo sabía que eran las nueve y cuarto de un miércoles, cuando ella miró por última vez el móvil y se fue. Eso y que quería estar con ella. Porque creo que lo que más me impresionó es que nunca había estado en mi consulta y que ninguno de mis pacientes se parecían a ella, ni ninguna de las descripciones de sus parejas se correspondían con ella. Bueno y también porque nunca me había fijado en nadie, tan sólo para mí. Me sentía un poco egoísta y asustado. Por fin, algo nuevo.

Al día siguiente, varios de mis clientes se quejaron de mis altas tarifas para el caso que les estaba haciendo y otros gastaron más pañuelos de lo normal; pero a mí eso no me importaba, tan sólo eran un puñado de personas más. Bajé las escaleras con más rapidez de lo normal, incluso me olvidé el maletín, no importaba, no quería llegar tarde a la cita con mi cliente especial; me gustaba llamarla así, para no hacerme ilusiones, puesto que sólo era una desconocida más. Bueno, no del todo. No era una más, eso sí que no. Era todo un misterio para mí y eso era lo que más me inquietaba, no estaba preparado para sentir emociones personales. Al menos eso es lo que me había dicho mi madre.

Descubrí que era una chica de costumbres, pero no muy puntual, bueno, tampoco llegaba tarde puesto que no había quedado con nadie. Era muy lenta, lo hacía todo con mucha parsimonia, pero no paciencia, ese no era el término exacto. Tan sólo se recreaba a la hora de hacer las cosas, eso lo pude comprobar cuando la seguí hasta su casa. Se paraba en todos los escaparates que encontraba en su camino, haciéndose ilusiones y al cabo de un rato seguía su ritmo con otra canción que tarareaba creyéndose estar sola. Incluso una vez, la vi bailar en medio de la calle, en una plaza desierta. Estaba realmente graciosa y dulce en esos momentos. Me enamoré.

Pero aún no sabía quién era, ni siquiera su nombre. Así que intenté analizarla interiormente; ahí es donde traté de encontrarla. Busqué en lo más íntimo de su ser, algo que sólo nos pertenece a cada uno y que no podemos compartir, aunque queramos. La vergüenza. Ahí busqué. Y descubrí que le encantaba en secreto mirarse en todos los espejos y poner caras para acabar gritando hasta que le dolía la cabeza; que lo que más le gustaba eran los domingos debajo de una manta viendo una película que luego ella misma representaba; le encantaba dialogar con la televisión y las paredes; y lo que no decía en voz alta lo escribía en pequeños papelitos que guardaba en una carpeta llena de recortes de películas y famosos. Y a veces, sacaba las muñecas, para recordarse que aún era una niña y que no se quería enamorar. No.

¿Cómo? Eso es lo que más me sorprendió de ella, cosa que después de varios meses de espionaje, creía ya imposible. Era la chica más rara que había visto nunca. Era una extraña en este mundo donde siempre hay algo que decir. Pero, yo no sabía muy bien cómo decirle que se dejara sorprender. Por una vez, mi trabajo no iba a servir de mucho, estaba bloqueado y eso lo estaban notando no sólo mis pacientes que empezaron a denunciarme por no cumplir con mis servicios, sino toda la ciudad. Incluso, si me apuráis, el mundo entero lo notaba; puesto que por mi culpa y obsesión estaban empezando a borrarse todos los catorce de febrero de los calendarios de las habitaciones de los amantes que ya no se marchaban. Todo era diferente.

Tenía que hacer algo, ya. Saber el motivo por el que no quería enamorarse; tan sólo sabía que no era despecho ni odio, más bien era un sueño, una magia, inocencia. Decidí dar el primer paso antes de que la gente olvidara lo que era llorar por la tarjeta que acompaña a la rosa. Y cómo sabía que todos los días leía el periódico mientras cenaba, escribí:

“Para la chica despistada del plato combinado debajo del cuadro de Botticelli:

Nadie quiere a nadie, sólo se buscan salidas.

De parte del observador silencioso”.

A las nueve y cuarto de un miércoles, sus ojos temblaron y se conmovió. Le encantaban los misterios y juegos policiales, pero ella siempre soñaba con ser la mala enfundada en una cazadora de cuero y gafas negras que corre en un coche modelo película de gángster detrás del chico dulce de la gabardina que corre agarrando fuertemente su sombrero. Sonriendo juguetona levantó la cabeza y miró a su alrededor como si de un gesto mío dependiera el resto de su vida.

Al día siguiente, en la sección de contactos del periódico:

“Observador silencioso:

La mayor soledad es tener a alguien agarrándote de la mano”.

Podría haber jurado cientos de barbaridades porque tan sólo me sonriera en ese momento, era terrible verla esperar con tanta urgencia; notar cómo en unas pocas horas parecía no importarle todo lo que había sido y lo que había conseguido. Seguía intentando acabar el crucigrama del mes pasado cuando le mandé este mensaje en el periódico del viernes:

“El frío de la mano, tan sólo se nota en el calor del corazón y en la inocencia del misterio.

Para la chica despistada del plato combinado debajo del cuadro de Botticelli”.

Así, entre mensaje y mensaje fui sabiendo un poco más de ella, sus gustos, canciones, películas; pero no su nombre, al igual que ella tampoco sabía el mío, eso era lo de menos, los nombres se repiten; ella no. Me gustaba el juego y pensaba ganar, después de todo, yo había inventado lo que era esa estupidez que algunos usaban para pasar el rato y llenar sus vidas... el romanticismo. Lo que ella no buscaba con ningún hombre, tan sólo examinaba sus zapatos, les creaba una historia y emitía un veredicto, eso era lo que hacía en el autobús para entretenerse mientras intentaba apartarme de su memoria, yo era todo lo que ella buscaba. No buscaba a un hombre con quien conseguirme, sino a mí, ahí radicaba su rareza; lo que descubrí en el siguiente mensaje:

“Querido desconocido:

No quiero enamorarme, porque tengo miedo de entregarme por completo o de dar todo mi amor cuando sé perfectamente que eso se va a acabar. Por eso, la mayoría de las veces, guardo mis sentimientos por miedo y luego cuando esa historia efectivamente termina, pienso que por qué no le demostré todo lo que le quería. Es todo una gran contradicción. Pero yo sólo soy eso.”

Pero no, ella era mucho más que eso. Quería decírselo. Decirle que quería escribir en uno de sus papelitos que quería dormir con ella todas las noches, que quería un principio con ella, que olvidara todo lo leído y estudiado, como si hubiera desaparecido y volverse inocente hasta adoptar, si era eso posible una postura fetal. Quería decirle la verdad, quién era yo. Pero no me atrevía. Eso rompería toda la magia, me quitaría la máscara y ella, dejaría el juego. Lo que ella buscaba era otra vida y dejar a todos aquellos que creían que podrían moldearla y demostrarles que era una auténtica mujer con ideas firmes, aunque a veces se tomara el capricho de jugar a que podemos cambiar. Su duda o negación oculta me daba más fuerza y me volvía más poderoso porque me hacía ser consciente de lo que era capaz de ocasionar, como podían repercutir mis actos y palabras, me hacía ser consciente del poder que tenía. Pero en esos momentos, lo fortuito era imprescindible, no quería dejarme caer y entregarme.

“Querida chica despistada del plato combinado, convertida en Venus salida del cuadro:

A veces no podemos tenerlo todo, ni siquiera una parte, pero es que a mí no me gusta medir la totalidad de las cosas, ni siquiera hacer promesas, puesto que soy lo roto, lo entregado, lo que se ofrece. Soy lo que deseas en cada momento, lo que buscas en cada canción, el motivo de las películas que odias, de tus adoradas frases, la razón de tus poesías, tu alergia a las flores y el deseo de tus noches. Soy lo que buscas. ¿Quién soy.”

Pobrecita, lo único que pedía en su vida era que no le dejaran pensar demasiado, que le llevaran a cualquier lugar; subir a un coche y que aceptaran el hecho de no hacer preguntas. Quería que la arrancaran de esa vida insuficiente que amenazaba con ser mediocre y predecible. Era lo que pedía desde un primer momento, más bien lo imploraba. Deseaba ser raptaba y abandonar el pasado, ir a cualquier sitio que no conociera sus huellas. Y en esos momentos tenía delante suya el misterio que siempre había deseado, la emoción de su vida. Tan sólo tenía que buscar el nombre, la palabra con que rellenar el maldito crucigrama que siempre se le atragantaba, no había terminado ninguno en su vida, al menos, no sin hacer trampas. Por eso, no pudo dormir en varios días, se retorcía el pelo hasta hacerse tirabuzones, tiraba las hojas de los periódicos por si éstos componían la palabra, jugaba con los rompecabezas, se inventaba historias mientras escuchaba sus canciones viendo películas por la noche, a ver si así, daba con él. Incluso se paraba en todas las floristerías hasta que tenía que salir corriendo. Pero no sabía qué era lo que tanto buscaba. Aunque suelen decir que se encuentra cuando dejas de buscar, pero ella era tan cabezona, que tenía que conseguirlo. Por una vez, se había propuesto conseguir sus objetivos. Llenó todas las paredes de su casa con posibles nombres y su cabeza con sueños imposibles.

Hasta que varios meses después, a las nueve y cuarto de un miércoles del 14 de febrero, en el bar, en el crucigrama del mes pasado se encontró una pista:

“Horizontal. Palabra de cuatro letras. Todo el mundo me desea, pero sólo tú me has conseguido. Mira en el cuadro.”

Se fue acercando lentamente hacia el cuadro, como en el juego de frío, templado o caliente… Cuatro letras, mira el cuadro…Venus…Si mal no recordaba de sus clases de griego del instituto Venus era la diosa de la belleza y de…Estaba empezando a sentir demasiado calor, se estaba abrasando. Se quemó.

RAM.